domingo, 5 de junio de 2011

Historia Sagrada

Hoy he visto un retablo religioso; en él, una feroz batalla de ángeles armados con lanzas y espadas contra demonios grotescos. Su visión me ha traído recuerdos de aquella asignatura que siendo niño estudiaba en el colegio, la Historia Sagrada. Esa imagen guerrera se corresponde fielmente con el estilo descarnado con que la Palabra de Dios me fue enseñada en la niñez. Hurgando en aquellos santos recuerdos, he formado mi “top-ten” bíblico:
  
1 Las cariñosas hijas de Lot: emborracharon a su padre para después copular con él y así perpetuar la estirpe del pueblo elegido.
   
2 La inolvidable broma de Yavhé a Abraham a propósito de su hijo. Le ordenó sacrificarlo sólo para ponerle a prueba. En el último instante cambió de opinión. Tenía unas bromas este Yavhé…
   
3 El pecado de Onán que no es, como luego ha insistido la Iglesia, la masturbación, sino el coitus interruptus. Practicaba Onán la marcha atrás con su cuñada viuda y eso era mal visto por Yavhé: malgastaba la semilla de Israel, un pecado demográfico.
   
4 El cambiazo nupcial que sufrió Jacob. Le pusieron en la cama de la noche de bodas a la hermana de la novia, velada. Imposible arreglar el "roto", se tuvo que quedar con la fea.
   
5 El tórrido acoso sufrido por el casto José, a quien tentaba la libidinosa mujer de Putifar, ministro del faraón egipcio. Rechazada por el virtuoso varón, aquella lo denunció ¡por acoso! ¿Cómo se llamaría ella? Merecía que su nombre estuviera a tono con el del marido.
   
6 La degolllina de todos los primogénitos de Egipto, a manos del Ángel Exterminador. Yavhé era bromista, ya se vio, pero cuando se enfadaba…
   
7 El viaje de cuarenta años de las doce tribus de Israel por el Desierto del Sinaí, un viaje que normalmente dura 8 días. Otra broma de Yavhé, que era el guía.
   
8 La prohibición divina de prestar dinero con interés (Éxodo 22, 24). Mira, de esto ya no se acuerda la Iglesia ni sus bancos.
   
9 El desastre de Sansón, el forzudo inocente. Se lo llevó al catre Dalila, agente filistea, y allí le cortó la melena, secreto de su fuerza.
   
10 El Pueblo de Dios también tenía su Mata-Hari, llamada Judith. Viuda virtuosa, a la llamada divina actuó cual pendón verbenero, seduciendo al general Holofernes. Entre las sábanas lo decapitó. Hay mujeres que te hacen perder la cabeza.
    
Incestos, infanticidios, masacres, traiciones, fornicio con el enemigo… los caminos del Señor son inescrutables.

viernes, 20 de mayo de 2011

Indignación y orgullo

20 de mayo de 2011

Pasado mañana será jornada de Elecciones Municipales y Autonómicas. Figuran como candidatos en las listas de los dos grandes partidos decenas de cargos inmersos en procesos judiciales por corrupción; y una vez más con listas cerradas… las tomas o las dejas. Otra vez, por arte del Sr. D’Hont, los partidos minoritarios no conseguirán una representación proporcional a sus votos.

Camino del instituto paso por la Plaza del Pilar donde, desde hace una semana, acampa un inesperado y vigoroso movimiento de ciudadanos indignados, bajo el lema “Democracia real ya”. Hay entre ellos una mayoría de jóvenes que se rebelan contra la gran estafa de un sistema donde las presiones especulativas financieras prevalecen sobre los votos ciudadanos. Pero no sólo jóvenes.

Un grupo de alumnos de Periodismo están sentados escuchando una clase abierta. Su profesor muestra elocuencia y un pensamiento sólido. Tras él, toman la palabra varios de los allí presentes. El auditorio ha ido creciendo y ahora congrega más de un centenar de personas; entre ellas, el ama de casa, el jubilado, el cartero, la monja, etc.

Los sucesivos oradores tiene una expresión desigual, pero en todos se mantiene el tono tranquilo, respetuoso y reflexivo. Escucharlos es un bálsamo tras tanto bombardeo televisivo de programas bazofia, donde unos recurrentes destalentados se increpan y vociferan a propósito de los trapos sucios familiares de un torero o de una cupletista; tras tantas declaraciones huecas de políticos, donde se machacan consignas previsibles y oportunistas.

Nunca había asistido a una experiencia de debate democrático tan abierto, libre y ejemplar. Me sentía reconfortado al comprobar que el talento y el buen sentido, aunque tan silenciados, siguen vivos. Pero mi satisfacción ha sido plena al reconocer a uno de los oradores. Es Vicente, exalumno que ahora tiene 20 años, a quien dí clase de Matemáticas aplicadas a Ciencias Sociales. Con embeleso casi paternal le escucho dirigirse al foro de forma pausada, razonada y clara. He recordado que una vez a la semana él y sus compañeros debían exponer a la clase una noticia matemática de la prensa. Y me he sentido orgulloso escuchándole, con expresión competente y sentido ético. Orgulloso de haber aportado tal vez algún elemento a este proyecto personal que ya se abre al mundo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Superviviente

Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza). Curso 2010-11.

13:40 Entro en 2º ESO G. Última clase del día. El aula es una olla a presión que bulle próxima a explotar. Son escandalosos, pero ninguno malo. Antes de llegar, desde el pasillo, ya se oye el jaleo. Y así, cada semana, dos días consecutivos a sexta hora con el mismo grupo. Buen “regalo” me ha hecho este curso el Jefe de Estudios.

Apenas entro, me corta el paso Celia, esa chica grande que casi nunca habla, ahora desaforada, en voz alta:

123456- ¡Mira, mira! ¿qué te parece?

Señala una esquina de la pizarra donde pone “ENSAIMADA”. Ignorante de qué va el asunto le contesto:

123456- Pues que a estas horas me la comería, con el hambre que tengo.
123456- ¡Ya estoy harta! ¡Siempre me llaman “ensaimada”! ¡No lo soporto! (sin dejar de gritar).

Así que se trata de un mote y la chica está “quemada”, supongo que por verse marginada más que por el apodo, que me parece inocente. Aunque vete a saber qué retorcida malicia esconde.

123456- Bueno, tranquilízate. Tampoco es un insulto. Y ya sabes: no hay mayor desprecio que no hacer 123456aprecio. Tú como si nada, ya se cansarán y lo dejarán.
123456- ¡Siempre me decís eso, pero siguen!
123456- No lo sabía. Te aseguro que en mi clase no toleraré que se metan contigo.
123456- Y cuando no estés ¿qué? Lo hacen cuando no hay profesores. ¡Hoy me han vuelto a encerrar en el 123456water!

Me empieza a poner nervioso su crispación. No debiera.

123456- Yo te ayudaré en lo que pueda. Si veo que empiezan les pararé los pies. Pero cuando no esté, 123456¿qué quieres que haga? No soy Dios.

En seguida me arrepiento de lo que acabo de decir, a la vez que veo en su cara una mezcla de decepción e ira.

123456- Entiéndeme, lo que pase fuera de mi clase tendrás que planteárselo al Tutor o al Jefe de Estudios.

No me hace caso. Creo que se acaba de romper un puente.

Mientras tanto, el bullicio ha seguido creciendo. Busco el borrador. ¿Dónde está? En la papelera, de nuevo. Lo cojo y lo estampo por dos veces en la pizarra con toda la contundencia de que soy capaz; pero con cuidado, que hace una semana me pillé el dedo y las pasé canutas disimulando el dolor. Ante el estruendo se callan y aprovecho para empezar la clase. Son las 13:45.

Corregimos los ejercicios de fracciones que indiqué el día anterior para casa. Sale Juan a copiarlos.

123456- Profesor, no hay tiza.
123456- Venga, seguro que hay tizas por ahí, sacádlas.
123456- ¡Aquí, aquí!

Empiezan a aparecer trozos por el suelo, proyectiles caídos en la última batalla. Adrián, el chico formal de la segunda fila, saca una entera del bolsillo.

123456- ¿Por qué guardas una tiza, Adrián?
123456- Para dársela al profesor cuando desaparecen.

Empieza Juan a escribir los ejercicios.

123456- … y nos da un treceavo.

Fidel, desde el fondo, con un tono medio para que yo no le oiga pero sí los de alrededor:

123456- ¡Me pica el nabo!
123456- Fidel, tienes una amonestación por faltarnos al respeto.
123456- María, en clase no se come chicle. Tíralo en la papelera.

Se levanta y va. Sigue Juan:

123456- … treinta y nueve tercios, que es igual a trece.

Otra vez Fidel:

123456- ¡Ahí va, cómo me crece!
123456- ¡Fidel, que te pongo otra!
123456- Jorge, llevamos quince minutos de clase y todavía no has sacado ni el libro ni el cuaderno, 123456¡venga!

A duras penas, termina Juan. Tomo la voz cantante:

123456- En los próximos ejercicios, siempre que reduzcáis a común denominador lo haréis eligiendo el 123456 mínimo común múltiplo de los denominadores.
123456- Jorge, ¡además de sacarlos hay que abrirlos!
123456- María, ¿otra vez con el chicle?
123456- No, profesor, ya lo he tirado, mira.

Abre la boca de forma exagerada, aprovechando para sacarme la lengua entre risas de sus compañeros. Alguno se “chiva”.

123456- ¡Debajo de la lengua! Lo ha escondido debajo.
123456- María, ¡que lo tires!

Se levanta por segunda vez a la papelera.

123456- Aquello que hacíais en el colegio de multiplicarlos era admisible con denominadores pequeños. 123456Pero ahora, con números mayores, hacerlo así os llevaría a que el común denominador pueda ser 123456un número enorme, peor para trabajar.
123456- ¡Elsa, adentro! No saques la cabeza por la ventana. Algún día te bajaremos la persiana cuando 123456estés así y verás qué risa…
123456- Julia, deja de pasar papelitos.
123456- Al terminar el cálculo no es suficiente con dar una fracción como solución, debe ser irreducible. 123456Hay que simplificarla cuanto se pueda.

Julia no se ha dado por enterada y sigue con su trajín de mensajes entre mesas. Ahora, sin aviso, voy a la mesa de Julia y le cojo el papel que estaba doblando para el próximo envío. Lo abro con intención de leerlo en voz alta y que la intromisión interrumpa el correo. Cuando veo lo que pone, cambio de planes. Eso no se puede leer en público.

123456- Si aparecen paréntesis, con las fracciones se actúa igual que ya sabéis con los enteros.
123456- ¿Otra vez con el chicle, María?

Abre de nuevo las fauces, ahora sin mediar palabra.

123456- Que no me enseñes los empastes, que no soy el dentista. Tíralo de una vez.

Se levanta por tercera vez, repartiendo sonrisas y gestos cómplices por el camino. Dudo si ponerle amonestación, pero me detengo al pensar que es mejor guardar la munición para casos más graves.

123456- Hay dos formas: o se quitan primero los paréntesis, o se empieza calculando las operaciones que 123456haya en su interior. Vamos a verlo en un ejercicio. Pasa, David y haz el ejercicio número 7.
123456- David, súbete los pantalones, que te vemos los gayumbos.

Ayer, en el Taller de Matemáticas, pude decirle otro tanto a Manuela, pero no me atreví. Siendo una chica, mejor callar. David empieza con desgana.

123456- Guillermo, deja de pintar graffittis en el cuaderno. Si no los dejas, te lo quitaré y te va a fastidiar 123456perder tu obra de arte.

Al poco tiempo, Guillermo está pintando en el brazo de Laura.

123456- Guillermo, ¡ni en el cuaderno ni en ninguna parte, estamos en clase!
123456- Bueno, ahora los veinte minutos que quedan los vais a dedicar a trabajar en vuestros cuadernos 123456los problemas que os indique. Conforme los vayáis haciendo, pasaréis a copiarlos en la pizarra. 123456Llamadme cuando tengáis dudas. Empezad los de la página 69.

Vaya, hombre, he tenido que decir el dichoso número... qué más quieren oir.

123456- ¡Sesenta y nueve! ¡Ha dicho el sesenta y nueve! Ja, ja, ja.
123456- ¡Silencio! No seáis bobos.

A duras penas se tranquilizan. Por poco tiempo. De repente, Alina se levanta cogiendo el libro con las dos manos y dando con él golpes al aire. Ha entrado por la ventana un moscardón, excusa para la gran juerga. Otros imitan a Alina.

123456- ¡Sentáos, sentáos! Una miserable mosca no nos va a dejar sin clase.

Alina de nuevo, coreada con otros gritos de falso terror.

123456- ¡La mosca, la mosca!
123456- ¡Silencio! Ya está bien. Vale de comedia con la mosca. Alina, cinco minutos fuera de clase. 123456Cuando estés tranquila, regresas.

Por fin una mano levantada. Alguien tiene una duda matemática y podré ejercer de profesor por unos instantes. Mientras le atiendo, sube el volumen a mi espalda.

123456- Andrea y Pedro, basta de carcajadas. Reirse está muy bien, pero en otro momento. Andrea, te 123456vas a sentar en la mesa del fondo.
123456- ¡Siempre a mí! Sí, hombre…
123456- Pues sí, porque te lo mando.

Recogerá sus cosas con desgana, alargando el traslado cuanto pueda. Atento a nuevos fuegos que apagar, me olvidaré de ella y allí se quedará.

Otra mano alzada. Voy, sin darme cuenta de las mochilas que obstruyen el camino. Tropiezo y casi caigo. Risotada.

Siguen cinco prodigiosos minutos de aparente calma. Hasta que empieza un rumor creciente. Es la cuenta atrás del final de clase. He intentado muchas veces acallarla. Es inútil.

123456- Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero!

Suena el timbre de salida. Son las 14:30. Salvado por la campana.

El lunes a las 8:30 volveré con ellos, somnolientos y aturdidos entonces. Aprovecharé para compensar lo de hoy.

123456- ¡Antes de salir, dejad la silla sobre la mesa!

Recojo mis pedazos y salgo.

P.D.- Respondo a la preocupación de algunos amigos que han leido este relato: todas las clases no son así, ni siquiera con ese mismo grupo, afortunadamente para mi salud mental. Pero confirmo que todo lo narrado ocurrió tal cual en una misma clase de este mes.

domingo, 24 de octubre de 2010

Domund


Cuando era niño, tal día como hoy, los curas de mi colegio nos enviaban por parejas a pedir donativos para las Misiones. Era la cuestación del Domund. Había en el aula unas huchas de escayola con forma de cabezas de negrito o de chinito. Eran tiempos en que la única migración conocida era la de españoles a Suiza, Francia o Alemania, que volvían para el verano con sus envidiados coches. Nunca veíamos personas de otras razas salvo en el cine, en los cromos o en aquellas huchas. Con la única excepción del taxista guineano que cada 5 de enero paseaba en carroza transformado en Rey Baltasar.

Mi preferido era el chinito, con su endémica palidez, ojos rasgados, coleta y sombrero cónico. Para salir a la calle nos daban otras huchas de plástico amarillas y azules, impersonales, peores, qué vas a comparar.

En cada clase se hacía una clasificación de las parejas postulantes según las recaudaciones, con premios para los ganadores: puntos extra, caramelos y la satisfacción de ser adalides en la evangelización de pueblos lejanos. Todo era competición: las notas, el deporte y hasta la santidad.

Pero tras el primer año de postulación supimos que no había opción de ganar. El primer puesto siempre sería para Carceller y quien tuviera la suerte de ser su pareja. Todo por culpa de su tía.

Carceller tenía una tía rica que vivía en la Calle San Vicente. Cada año, tras recoger la hucha, visitaba a la tía y ella le introducía ¡200 pesetas! Para más inri, despedía al sobrino dándole cinco duros de propina. Ninguna pareja podía competir con aquello. Los donativos solían ser de dos reales o una peseta, rara vez más. Aunque te pasases todo el domingo pateando las calles y asaltando viandantes, era imposible llegar a los cuarenta duros de Carceller, mejor dicho de su tía. Por eso nuestro principal objetivo eran las señoras viejecillas camino de misa, a ver si por suerte encontrábamos otra tía de Carceller sin sobrinos.

Conforme avanzaba el día la gente iba estando harta de tanto niño pedigüeño haciendo sonar las huchas. Las negativas se hacían más bruscas. Del "ya he dado" se pasaba a algún improperio. Recogíamos por igual pesetas y chascos. Aunque lo que más desanimaba era encontrar a Carceller y su socio saliendo del cine o zampándose un bocadillo de calamares del Tubo. Los veíamos darse la gran vida con los cinco duros de la tía mientras los demás buscábamos hasta la extenuación otro donativo. Su recuerdo hacía más difícil, al día siguiente, soportar los elogios a los ganadores, sobre cuya identidad no había sorpresa. Me consolaba pensando que peor les iba a esos misioneros de sotana blanca y salacoff para quienes hacíamos la colecta. Alguno, según había visto en viñetas, terminó siendo la comida de los desagradecidos negritos.

Han pasado muchos años y han cambiado muchas cosas, ahora recibimos inmigración. Siguen saliendo los niños de los colegios religiosos a pedir para el Domund. Hoy también. Paseando escucho a mi espalda el consabido sonsonete: "¡Un donativo para el Domund!" Pero, qué sorpresa, al girar descubro que quien me pide es, con ropa actual, ¡el chinito en persona!

Foto: www.todocoleccion.net

lunes, 4 de octubre de 2010

Tristeza

Me ha llegado en una cadena de e-mails el siguiente texto escrito por una profesora, con el cual me identifico. Así que en esta entrada usaré palabras ajenas para ideas compartidas.

El síndrome Belén Esteban.


Como profesora, las preguntas de los alumnos que más me cuesta responder convincentemente son sobre por qué hay que estudiar cosas que a ellos les parecen inútiles o absurdas, como la Historia o la Geografía. Yo tengo claro qué me aportan a mí, pero de todas las razones que hay para estudiar estas cosas, yo les hago hincapié en lo necesarias que son estas disciplinas para comprender el mundo en el que viven: las coordenadas de espacio y tiempo, que al fin y al cabo son las que tratan la Geografía y la Historia, nos ayudan a conocer el sitio que ocupamos en el mundo y a comprender de dónde vienen todas nuestras realidades. Todo eso les puede parecer ajeno y absurdo, pero muchas de las cosas que estudian tienen que ver con su vida real y, quieran o no, les afectan.

Por ejemplo, ¿quieres saber por qué tienes a tu lado a un compañero que viene de Ecuador? ¿por qué habla el mismo idioma que tú? ¿quieres entender por qué un señor, por nacer con el apellido Borbón, va a ser "rey" y el Estado Español le va a dar mucha pasta (que vendrá de los impuestos que tú pagues de mayor)? ¿por qué lo que digan unos señores europeos en Bruselas va a repercutir -y mucho- en tu vida? Todo eso es Geografía. Todo eso es Historia.

Algunos entienden qué quiero decir, otros no. Yo no llevo mal las preguntas, las protestas... son críos. Es normal. Donde me desarman del todo y me dejan sin respuestas es cuando me dicen que todo eso les da igual. Que para qué quieren saber dónde está Marruecos, si no van a ir nunca. Para qué conocer el tipo de elecciones que hay en España, si ellos no tienen la intención de votar jamás. Que les resbala que haya una guerra en Irak, que media África se esté muriendo de hambre o que la Unión Europea diga "bla". Si ni siquiera les interesa eso, imaginaos lo complicado que me resulta hacer que se interesen por lo que hacían señores de hace cinco siglos, por muy apasionante que yo intente pintarlo.

Y, lo que llevo peor con diferencia, es esa actitud de orgullo con el que exhiben su ignorancia y su cortedad de miras. Esa actitud de "no sirve para nada, no me interesa. Eso que cuentas y a lo que dedicas tu vida es una mierda. "Yo quiero jugar a la Play / irme de compras al centro comercial y ya". La tienen tomada conmigo, que enseño Historia, pero también con los profesores de Lengua, de Biología, de Matemáticas. El desprecio por los libros, por el Arte, por la Cultura, por las Ciencias... no es algo tan raro, y puede conmigo.

Últimamente esa actitud está más de moda que nunca. Tenemos una perfecta encarnación en Belén Esteban, que no sabe nada, no quiere saber nada y se jacta de ello. La mala educación, la zafiedad y la ignorancia puestos en un pedestal día tras día. Todo el mundo la aplaude porque ella es "auténtica" (signifique lo que signifique eso). Conozco a mucha gente a la que le gusta ver a la Esteban y es curioso, porque hay toda clase de personas entre su público. Entre ellos, los que más me llaman la atención son dos tipos: la gente que tiene (o cree que tiene) más educación que ella y la ve como un divertimento, incluso algunos como un consuelo (yo soy mejor que ella), o los que son como ella, que han visto cómo la ignorancia y la mala educación también te pueden hacer triunfar en la vida y que hay que sentirse orgulloso de ello. Eso me da miedo: que se extienda y que sirva de ejemplo a más bobos, que opinen que el no saber nada es estupendo. Que el presumir de ser zafio e inculto se convierta en políticamente correcto y sea bien visto.


"Eh, que yo no quiero ayuda de nadie, que no necesito ayuda, leche" dice la Esteban en un momento de estos cuatro minutos de despropósitos. "Como yo no he pillado esa revolución -la industrial- tres narices me importa" un argumento que podría haber empleado uno de mis peores alumnos. En fin... lo grande es que estoy convencida de que la mayor parte del público (y muchos de los de las mesas) no tenían ni idea de que la chica estaba metiendo la zarpa hasta el fondo y más allá, y reían y aplaudían porque lo decía el regidor del programa.

Entendedme: yo no critico a la gente que no sabe. Yo no sé mucho de tantísimas cosas... tampoco creo que sea motivo de vergüenza el no haber estudiado, el no hablar correctamente o el tener lagunas de conocimiento. Lo que me revienta es la actitud contraria, la exhibición con orgullo de la ignorancia y el menosprecio a cualquier cosa que huela a conocimiento, a sapiencia. Me duele el desprecio a la educación, en todos sus sentidos. Me duele... y me da una pena que me muero.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Labordeta en clase

Despierto con la triste noticia de la muerte de José Antonio Labordeta: profesor, escritor, cantante, político, buena persona. Mi pequeño homenaje será recoger aquí tres de sus poemas-canciones que dan testimonio de su especial vivencia del oficio de enseñar en unos años difíciles.
Rosa, rosae evoca su experiencia como alumno que creció en la Posguerra:

ROSA, ROSAE

Rosa, rosae
y también el valor de pi,
y el recuerdo final
por los muertos
de la última guerra civil:
así, así, así crecí.

Dulcemente educados,
en tardes de pavor,
conteniendo la risa
el grito y el amor,
sin comprender la fuerza
de un viento abrasador.
Fuimos creciendo en filas
de dos en dos,
cruzando las ciudades,
los barrios, la ilusión,
dejando todo atrás
sin comprensión.

Rosa, rosae...

Tristemente avanzando
bajo la lluvia, el sol,
o el aire pavoroso
de un padre sin valor
después de amargas horas
de fuego y de terror.
Y la mudéjar torre
aupándose
sobre un barrio vacío
como ojo escrutador
testigo de la vida
la muerte y el dolor.

Rosa, rosae...

Salimos adelante,
nunca sé la razón,
quizás como testigos,
o náufragos o heridos,
para plasmar la voz
del que nunca la alzó
sobre el viejo mercado,
turbio y atroz,
de gritos y verduras
al frío o al calor
de los eternos días
creciendo alrededor.

Rosa, rosae...

Paisajes urbanos, días escolares evoca la pena, la rabia y la tristeza al saber que uno de sus alumnos del Instituto de Bachillerato Mixto 4, entonces en el Edificio del Pignatelli, militante de la Joven Guardia Roja, había sido detenido y torturado por la Brigada Político y Social de la policía franquista y estaba recluido precisamente en el edificio contiguo.

PAISAJES URBANOS, DÍAS ESCOLARES

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza
y al preguntar por él
sus compañeros
me han mirado con rabia,
con tristeza.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Me dicen que su madre
también pregunta
y que su padre apenas
la pena oculta
luego me dicen que
ayer lo vieron
con frases en la mano
de puerta en puerta.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Sus frases en la mano
de tierra hablaban
de gestos solidarios
de paz, que hermana,
alguien se las truncó
antes del alba
sus frases en el aire
ahora cabalgan.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Cabalgan hondamente
por las entrañas
de la raíz profunda
de las montañas
y unidas por el aire
a las del agua
cubrirán todo el mundo
con sus palabras.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

En
A veces me pregunto, confiesa sus dudas, absurdos y alegrías como profesor.

A VECES ME PREGUNTO

A veces me pregunto qué hago yo aquí,
explicando la historia que recién aprendí:
los líos de romanos, de moros y cristianos,
el follón del marxismo y el otro coté
donde los yanquis tienen el mango y la sartén.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.
viendo como la tarde se duerme frente a mí,
mientras usted Martínez se evade en el jardín,
y la dulce Encarnita García Cortejón
confunde a los etruscos con los negros del Gabón
entre miradas tiernas de Pablo el empollón.
A veces me pregunto qué hago yo aquí,
intentando que aprendan lo de la Ilustración
cuando ellos sólo entienden cosas del rock and roll
y haciendo que comprendan una revolución:
la rusa, la francesa, la de Tutankhamón
y encontrando a Picasso perdido en un balcón.
A veces me pregunto qué hago yo aquí
viendo como los días se pierden sin un fin
y menos mal que a veces una tarde de abril
un alumno te abraza y te dice: “Don José
que bien que lo pasaba en las clases de usted
con la visión cachonda del tiempo que se fue”.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.
y en noches de vigilia, te rondan por doquier
los rostros de María, de Pedro y de Javier,
y el gesto de aquel chico que explicaba sin fin.
la batalla del Marne y el cruce sobre el Rhin,
y que leía versos de Rilke y Valery.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.

Labordeta queda para siempre con nosostros, a través de sus palabras, sus canciones y su ejemplo cívico.
Foto: Labordeta en sus años de profesor (tomada del Blog de Inde)

viernes, 10 de septiembre de 2010

Fin de etapa

Instituto de Enseñanza Secundaria E. Curso 2000-01.

Termina el curso y como cada año llega la “fiesta” de despedida a los alumnos de 2º de Bachillerato. Es un acto sencillo al que asisten casi todos los alumnos, pocos padres y algunos profesores; éstos, siempre los mismos. Y como cada año, estarán ausentes aquellos a los que tanto se les llena la boca hablando del “nivel de enseñanza”, pero que luego no son capaces de acompañar a sus alumnos en un momento tan significado pero ¡ay! fuera de horario.

Esta celebración queda bastante lejos de las fiestas de graduación en las “high schools” de las teleseries yankis. Aquí no hay birretes al aire, no hay baile con ponche y guirnaldas en el gimnasio, no hay efervescencia juvenil en busca de pareja los días previos. Iba a decir que no hay celebración sexual posterior, pero ¡qué me sé yo! Simplemente unos discursos, entrega de diplomas y pines, para terminar tomando unas patatas fritas con coca colas o cervezas sin alcohol, que estamos en el instituto.

Algunos venimos de una enseñanza cargada de rituales y palabras grandilocuentes que se cayeron de puro rancios y hemos llegado a otra donde toda aquella retórica ha quedado en meros actos administrativos. Ya no hay día del patrón; ni diplomas de buen comportamiento, de puntualidad, de casi todo; ni fiesta anual con niños rapsodas con pajarita; ni misa de comienzo de curso; ni himno. Ahora el pago de una tasa y el estampado de un sello en la secretaría son los actos que constatan cada comienzo o final de etapa. La fiesta de 2º de Bachillerato es la única excepción.

Al igual que ocurre con otros tránsitos en la vida (nacimiento, mayoría de edad, boda o muerte) me parece necesario reinventar protocolos y modos de expresar cívicamente el sentido de cada uno de ellos. Así que cuando el Director me propuso que fuera yo el profesor que este año lea el discurso acepté, convencido de que hacerlo tiene un sentido que se debe recobrar. Anduve buscando concienzudamente el tono y el léxico adecuados. Pretendía ser próximo pero no coloquial, reflexivo pero no pesado, vital pero no sensiblero. Éste fue el resultado:

“Estimados padres y profesores. Queridos alumnos.

Como cada fin de curso despedimos a una nueva promoción de Bachillerato. Me alegra poder dirigirme a vosotros en una ocasión tan especial y no quiero estropear con largas disquisiciones la celebración, pero tampoco quiero trivializar su significado con simples comentarios festivos. En fin, me veo ante una exigencia similar a la que cada día he tenido con muchos de vosotros en el aula: no confundir la importancia con el aburrimiento, ni tampoco confundir la alegría con la superficialidad. En cualquier caso, estad tranquilos... hoy no contaré ningún chiste matemático.

En el curso 1996-97 se implantaban simultáneamente los cursos 1º y 2º de E.S.O. en este instituto. Una multitud de chavales de 12 y 13 años irrumpieron en las aulas y pasillos, revolucionando la vida del centro. Los alumnos de 2º curso de E.S.O. eran entonces 97. Cinco años después y cinco cursos más arriba, de aquellos 97 alumnos de 2º de E.S.O. sois 27 los que aquí y ahora habéis llegado a 2º de Bachillerato. Al oir estos datos es inmediato pensar: “¡menuda escabechina!”. Pero conviene saber que es aproximadamente la misma proporción de estudiantes que años atrás llegaban, sin repetir cursos, desde 7º de E.G.B. a C.O.U. Con esta observación no pretendo esquivar la realidad, sino situarla en su justo enfoque.

Además de los 27 citados, 41 alumnos más habéis llegado aquí tras repetir algún curso en el instituto, y otros 16 vinisteis tras realizar la E.S.O. en otros centros de enseñanza. Así se completan los 84 alumnos que integráis la 4ª promoción de Bachillerato del Instituto.

Algunos os despedís ya del centro; otros lo visitaréis forzosamente en septiembre; el resto, en fin, prolongaréis un año más tan grata estancia. Pero quiero tener un recuerdo para esos otros 70 alumnos que llegaron al instituto en aquel curso 96/97 y no están hoy en esta promoción: en unos casos porque lo van a conseguir en un plazo más largo y en otros porque abandonaron el instituto o los estudios... y éstos, porque no supieron aprovechar la oportunidad o porque no supimos ofrecerles la atención que necesitaban. Unos lo hicieron tomando una decisión, otros empujados por las circunstancias. En unos casos discretamente, y en otros haciéndose notar; algunos tanto, que lo hicieron privándoos de un tiempo precioso de clases que tal vez luego hayáis echado en falta.

Pero, en cualquier caso, y entre todos, habéis tenido un excelente aprendizaje para la vida, que ofrece especialmente la Enseñanza Pública: personas de distintas procedencias, sin selección social ni ideológica, con diversas expectativas académicas y de futuro, habéis compartido un tiempo tan decisivo como es la adolescencia, ejercitando, no sin dificultades, el valor de la convivencia.

Pronto os vais a separar de la mayoría de vuestros compañeros. Progresivamente se irán rompiendo tantas coincidencias actuales. Tal vez a la vuelta de unos años os encontréis en posiciones o grupos antagónicos y reconozcáis enfrente aquel compañero o compañera del instituto. Y ojalá entonces recordéis y penséis que, como años atrás, siendo diferentes es necesario y es posible convivir.

En este acto celebramos la culminación de una etapa de vuestra vida académica, y seguramente también de vuestra vida personal, junto con el comienzo de otra, aún marcada por la incertidumbre en ambas dimensiones.

Ya habéis vivido anteriores tránsitos: de casa a la escuela, de la escuela al instituto; siempre teñidos de inseguridad, cuando no de temor ante lo que os esperaba más allá de lo conocido hasta entonces. Primero tuvisteis que dejar el cobijo permanente de la familia, luego la infancia en el colegio, ahora la adolescencia en el instituto. Llegasteis recelosos de unos compañeros grandullones que pensabais os iban a avasallar y de unos severos profesores que tal vez os comerían crudos. Fuisteis aprendiendo los códigos y dominando los resortes de esa nueva realidad hasta llegar a ser vosotros mismos los veteranos. Y cuando os sentís instalados en ella, os veis ya empujados a otra situación nueva. Pero, al igual que de nada servía la rabieta infantil el primer día de escuela, tampoco ahora debéis caer en la tentación de la nostalgia. Como escribiera el poeta José Agustín Goytisolo:

123456Tú no puedes volver atrás
123456porque la vida ya te empuja
123456como un aullido interminable

Es el momento de tomar decisiones, labor nada fácil para la mayoría de los humanos. Y, ya sea en el mundo académico o en el laboral, estrenar vuestra reciente o próxima mayoría de edad. Con 18 años ya podéis votar, casaros, ser Presidente de Gobierno o ir a la cárcel... e incluso todo ello a la vez.

Aceptad el reto con responsabilidad, desarrollándoos como individuos competentes, pero sin renunciar a la alegría, e incluso con pasión. Y tened presente un viejo consejo: “Hagas lo que hagas, ámalo”.

Probablemente, al enfrentaros al mundo adulto lo veáis con ojos muy críticos... y así debe ser para que algo pueda transformarse y mejorar; en otro caso, deberíamos preocuparnos. Pero sed benévolos con vuestros padres y profesores. Pensad que hace 25 ó 30 años también estábamos en situación similar a la vuestra y ahora, sin apenas conciencia de haber podido influir en mucho, nos vemos ya sometidos a vuestro juicio.

Ojalá penséis que este mundo es mejorable, que no aceptéis en la sociedad las injusticias ni en el corazón las miserias que nosotros no hemos remediado; y ojalá que, a la vez, valoréis y conservéis tantas cosas necesarias que hoy están en peligro y no tienen recambio.

Pero sabed que, a pesar de todos sus defectos, generación tras generación hemos conseguido que este planeta sea cada vez más habitable para muchos (aún no para todos). La cultura, el confort y los derechos que habéis recibido no nos han sido dados por la Naturaleza. Sois herederos de una multitud de vidas que fueron necesarias para construirlos. El mismo empeño que vuestros padres han tenido por legaros una vida mejor que la suya se viene repitiendo a lo largo de los tiempos. Y más allá de la familia: en la creación artística, en la investigación científica, en la invención tecnológica, en las luchas sociales.

Es una larga carrera de relevos para la que cada vez es necesario estar mejor preparados. Por ello necesitamos vuestra rebeldía, vuestro trabajo, vuestro estudio, vuestra iniciativa. Porque (y terminaré tomando prestadas, otra vez, palabras de Goytisolo):

123456Tu destino está en los demás
123456tu futuro es tu propia vida
123456tu dignidad es la de todos”.